Sobre el programa ESPACIOS INCAA

Sobre el programa ESPACIOS INCAA

“¿Se explica ahora usted, amigo mío, que los cines baratieris, en ciertos días de la semana, por los suburbios, estén repletos de hombres que peinan canas o que se podan barbas?” 
Roberto Arlt – “Tres horas de olvido y de ensueño por veinte guitas”

Cine “Gaumont” Espacio INCAA Km. 0 en Congreso, Capital Federal

    El primer contacto que recuerdo con el cine, con la experiencia ir-al-cine posiblemente sea  “El Rey León”. Sé que la recuerdo por tratarse de una instancia trumática en mi infancia -mi mamá me tuvo que sacar del cine porque no paraba de llorar- más que por ser la primera. Es que, sencillamente, no era la primera: mis padres siempre dicen que me llevaron a ver, por ejemplo, “Jurassic Park” antes. Vaya a saber uno cual más. Pero de esas no tengo recuerdo. Todo empieza en “El Rey León”. La segunda película que recuerdo haber ido a ver al cine fue “Cásper”.

Recuerdo que habíamos dejado a mi hermano bebé con mis abuelos, que el cine estaba repleto y que mi papá, sentado en el suelo, se había quedado dormido. “El Rey León” la vi una tarde, un día de semana, en el Helios, de Palomar. “Cásper”, en el Paramount de Caseros. El Helios cerró en el año 2001 aproximadamente y reabrió, enfocado al teatro casi en su totalidad, en el 2012. El Paramount, cuando se anunció que desaparecería, fue comprado por la Municipalidad de Tres de Febrero. Hoy por hoy funciona como sala de teatro y eventualmente, de cine.

 

   Mi relación con el cine como espacio nunca fue demasiado relevante. Quizás -y como mucho- durante casi toda mi vida, iba al cine dos veces por año.  Recién en 2012, cuando conocí a quien es hoy mi pareja, esa situación cambió. Me encontré con un cinéfilo que más allá de gustar del séptimo arte, gusta del ritual de ir al cine. De ver las películas en el cine. Nuestra primera salida fue al cine. Fuimos a uno en Belgrano que cerró sus puertas apenas un mes después (aunque un año y medio después se reabrirían).

    Es posible que movida por esa experiencia, pero también a causa de mi nostalgia urbana habitué, de mi amor por Walter Benjamin y de mi fascinación por lo decadente, comencé a meterme, de a poco, en el tema de los cines de barrio y no tan de barrio; los cines del pasado que fueron masacrados por la globalización de las cadenas de cines multisalas y los shoppings. Investigué bastante y me encontré con documentales, con blogs de todo el mundo y libros al respecto. Uno de ellos, “Cines de Buenos Aires, patrimonio del siglo XX” me permitió enterarme de una gran cantidad de salas desaparecidas, con fotos, direcciones, historia. La mayoría se habían transformado en bingos, en iglesias evangélicas, en estacionamientos. Algunas, en supermercados. Otras habían sido demolidas. Gracias a ese libro empecé una tarea de arquelogía urbana, si se pude decir de ese modo, que continúa hasta el día de hoy: tratar de encontrar esos edificios que alguna vez habían sido cines. Luego redoblé mi apuesta: encontrar ex-cines que no aparecían en el libro. Mis sospechas fueron confirmadas en varios casos. Más tarde, con una guía telefónica de 1950, armé un mapa de los cines existentes en la ciudad de Buenos Aires en esa década: doscientos. Hoy por hoy, la cantidad de salas es solo de 100, siendo la holgada gran mayoría, espacios multisalas en shoppings comerciales o símil.

Doscientas salas. Me pareció un número increíble. Luego comprendí que para la época, era un número razonable. ¿Qué era el cine en 1950? ¿Qué significó, aún antes, a principios del siglo XX, la aparición de esta nueva tecnología? Los cines se multiplicaban en las ciudades como en los noventa las canchas de paddle y las remiserías. Las salas estaban repletas. El cine era el opio de los pueblos para algunos literatos. Otros, sin embargo, lo abrazaron con fascinación: Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga. Éste último decía “Ni la modicidad de los precios ni la tremenda mediocridad de las cintas explican el afán febril con que se vive a las puertas de las salas. La razón exclusiva radica en la impresión de la realidad sin engaño, de la vida conocida tal cual, que halaga igualmente a los niños, a los adultos y a los ancianos”.  Para ir al cine y disfrutar del espectáculo no era necesario saber leer, pertenecer a una clase acomodada ni contar con grandes sumas de dinero en el bolsillo. El cine representaba una forma de democratización del entretenimiento al alcance de todos.

    Luego del destello inicial, muchas salas quebraron, quedaron vacías, desaparecieron. Sin embargo, hasta finales de los años setenta, persistían gran cantidad de cines en Buenos Aires. En los ochenta, la llegada del VHS terminó con la vida de algunos. Los noventa y el boom globalizador, con la instalación a mansalva de shoppings, acabaron por destruir en pocos años la gran cantidad de cines que quedaban en pie.

Ex cine “Palacios” de El Palomar (Gran Buenos Aires) transformado en templo evangélico. Actualmente en desuso
  

  La ciudad de Buenos Aires sigue teniendo 100 salas de cine. Las grandes ciudades del país también vieron crecer los cines multisalas del neoliberalismo. Pero las localidades del conurbano, las ciudades pequeñas y los pueblos de todo el país solo vieron desaparecer, de a poco, sus cines. Quedaron ahí, vacíos, cerrados, sus edificios. Quedaba la gente sin la posibilidad de acceder a la experiencia del cine.

    Frente a esta situación, muchos vecinos de distintos barrios y localidades intentaron recuperar esos espacios desaparecidos, algunos con más éxito que otros. También se creó un proyecto estatal para trabajar en el tema: el programa de Espacios INCAA. En la página web del INCAA nos encontramos con los objetivos del proyecto:

 

  • Recuperar el cine como un emprendimiento comercial / cultural;
  • Formar espectadores críticos;
  • Socializar el acceso al cine;
  • Recuperar el cine como un espacio social de esparcimiento, formación de identidad nacional, respeto por la diversidad y promoción cultural;
  • Facilitar el encuentro del realizador audiovisual y el público.

    Desconocía este proyecto hasta 2012, cuando conocí el Gaumont de Congreso y me sorprendí por el precio de las entradas (no superan los $8). Indagando un poco me encontré con que eran muchas las salas a lo largo del país que habían sido recuperadas gracias a Espacios INCAA y que le habían devuelto a los vecinos el acceso al cine.
    Soy habitué del Gaumont y los fines de semana las entradas se agotan. Son las mismas películas nacionales que en otro cine reciben repercusión mínima. Hace no mucho tiempo fui al espacio Arte Cinema, de Constitución (en donde la entrada general está $6 y se exhibe cine internacional) y tuve la posibilidad de ver como una mujer con sus dos hijos, todos en situación de calle, pudieron acceder a la entrada ($18 entre los tres) para ver la última película de “Dragon Ball”
    Este programa sirve para paliar una serie de problemáticas acaecidas a partir de la desaparición de los cines de barrio, de los cines de antaño y su reemplazo por los cines de cadena: por un lado, los precios irrisorios de las entradas (hoy por hoy, una entrada al cine está alrededor de $70). Por otro, el recorte de lo exhibido (las producciones independientes y/o nacionales suelen proyectarse en muy pocas salas y muy poco tiempo) y por último, la falta de acceso de muchos al cine, debido -más allá de lo económico- a la inexistencia de salas en su ciudad/pueblo. Desde mi experiencia, puedo ver cómo los objetivos iniciales de Espacios INCAA se satisfacen: acceso popular al cine, promoción cultural, recupero del espacio del cine.

 

    Este no es uno de los emprendimientos estatales más difundidos, sin embargo, no deja de ser relevante. El cine supo ser un entretenimiento y un arte de acceso popular y una instancia de sociabilización. Con los años, se fue transformando en una experiencia dirigida a quienes pudieran pagar los precios cada vez más altos, a quienes se pudieran transportar a las grandes ciudades. El cine pasó a ser un consumo de lujo. Espacios INCAA revierte de alguna manera, esta tendencia de exclusión cultural.


Sitios y lecturas de interés:



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