Festival de Cine Alemán: primera entrega

Festival de Cine Alemán: primera entrega

Laberinto de mentiras: donde la humanidad se pierde

 

Corre el año 1958 en Frankfurt y el joven fiscal Johann Radmann se dedica básicamente a lidiar con los infractores de tránsito mientras los casos apasionantes se limitan al ámbito de su imaginación. Sin embargo, el destino es caprichoso y hará que los aires de monotonía que respira en su trabajo y en su vida en general, se vean alterados al llegar a la fiscalía un colérico periodista en busca de justicia. Thomas Gnielka, así se llama, acusa a un maestro de escuela de haber sido un alto miembro de la SS, involucrado en millones de asesinatos en Auschwitz. Ninguno de los presentes se interesa en el caso… con excepción de Johann.

Ése será el punto de arranque del viaje del protagonista de Laberinto de mentiras (2014) que para nada implicará un cambio de coordenadas espaciales. Se trata de un tipo de desplazamiento diferente, muy similar al que realiza el buen Guy Montag en la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. En ambos casos, el personaje central –con ayuda de alguien más que funciona como disparador y le abre los ojos– sale del estado de somnolencia, de patética comodidad y pasividad en que se encuentra. Abandona un mundo de ignorancia para adentrarse, no sin obstáculos ni crisis personales lógicamente, en un mundo de conocimiento. A la manera de una bildungsroman o novela de formación, tanto Montag como Johann realizan un viaje que no es otro que espiritual.

 

Fuente: Facebook/Festival de Cine Alemán

 

El mundo de ignorancia que habita Johann –y que su encuentro con Gnielka derrumba– descansa precisamente en el desconocimiento, no en la negación o la mentira. Se trata de un mundo hábilmente construido, cuya principal premisa es el borrón y cuenta nueva, el ir hacia adelante. Los artífices de ese universo no necesitan negar lo ocurrido en Auschwitz pues ese término para Johann y la gran mayoría, poco y nada significa, está vaciado de contenido.

En este sentido, Giulio Ricciarelli –director del largometraje, el primero de su carrera– refuerza muy bien esas ideas haciendo un uso acertado de la banda de sonido. Las canciones elegidas, alegres, para bailar, no sólo sirven para situar al espectador en el contexto, sino que también reflejan ese plan que buscaba exaltar un presente próspero y un futuro prometedor, omitiendo cualquier referencia al pasado. En cuanto a las imágenes, su uso también es muy cuidado y pertinente. El único desliz acaso sean los planos oníricos, sobre todo el segundo, ya que no aportan demasiado a nivel semántico y encima rompen con el registro realista del film.

Como dijo Ricciarelli en la conferencia de prensa que brindó en Buenos Aires pocos días atrás –en el marco de la décimo quinta edición del Festival de Cine Alemán–, la película toca temas universales como la violencia en su máxima expresión, la corrupción, el poder, entre otros, más allá de poner el foco en un hecho histórico concreto. No es casual que salten las conexiones con obras alejadas en tiempo y espacio como el libro de Bradbury, escrito en pleno mccarthismo, o El clan (2015, Pablo Trapero), que como ya es sabido relata la historia de una familia argentina dedicada a realizar secuestros extorsivos, con el aval y protección de aquellos cuya misión, paradógicamente, era proteger.   

Lamentablemente, como lo demostró y demuestra la historia, ninguna sociedad está exenta, más bien lo contrario, de caer en ese laberinto que contiene los peores males y abusos que se puedan imaginar. Pero por suerte siempre habrá una luz, nacida en el seno de esa misma sociedad, que guíe el camino hacia la salida.

 

*La película forma parte de la décimo quinta edición del Festival de Cine Alemán. Consultar funciones aquí. Además, se estrenará comercialmente el 17 de septiembre.


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