Una auténtica Fiesta Irlandesa

Una auténtica Fiesta Irlandesa

El sábado pasado tuvo lugar lo que sin duda alguna se ha convertido hace rato en un clásico del barrio porteño de Belgrano; me refiero al Festival Celta, edición Halloween. Tal es su popularidad así como la lealtad que le profesan sus seguidores que el Auditorio Belgrano –elegido desde el año 2000 como sede de este espectáculo– estaba prácticamente colmado pese a celebrarse el mismo día la cada vez más extendida Noche de los Museos.

Organizado por CP Asociados, este festival dedicado a la música y bailes tradicionales de las tierras celtas –entendidas en su concepción moderna, y que incluyen a Irlanda, Escocia, Gales, Bretaña, Galicia y Asturias– presenta grupos de conocida trayectoria así como otros más nuevos, de Buenos Aires y también de distintos puntos del país. Éste es el caso de Riordan, el conjunto de música encargado de abrir la velada –previo la clásica expo que funciona como antesala a los shows, y que ofrece diferentes stands que van desde comidas dulces típicas, joyas y máscaras hasta instrumentos y pinturas–.

Llegados de Rosario, los siete músicos que integran Riordan brindaron al público un repertorio de folk irlandés, con melodías populares como Irish Rover, White, orange and green y Drunken sailor, magistralmente ejecutadas hay que decir. Ahora, si de competencia de instrumentos poco habituales –para nosotros al menos– se trata, el show que le siguió ganó. Frente al bodhran y el tin whistle, Germán El caminante, apareció en el escenario con un hammered dulcimer que como explicó, pertenece a la familia de las cuerdas y es un antecesor del piano. Como buen juglar que es, hizo bromas y entonó historias en formato canción para luego dar paso a la danza de Irish Feet.

El comienzo fue, sin exagerar, explosivo. Con Capone –del espectáculo Celtic Tiger creado por Michael Flatley– las bailarinas y bailarín, el único del conjunto, se calzaron los tiradores y sombreros y se remontaron a la Nueva York de los años 20, época dorada de las mafias italianas e irlandesas. El resultado: una impactante fusión irlandés-jazz, con el zapateo típico del primero y los movimientos descontracturados y atrevidos del segundo. El show siguió, siempre buscando la alternancia tanto entre las dos categorías que conforman la danza irlandesa –zapateo o hard-shoe y soft-shoe, para el cual se usan zapatillas de ballet–como entre sus distintos ritmos tales como reel, jig y slip jig. Otra coreografía a destacar fue la que contó con la melodía de Stolen Kiss –cuadro perteneciente a Lord of the dance, el famoso show ideado también por Flatley–. Bailada con mucha gracia y destreza, esta danza de mujeres que con sus movimientos elegantes y etéreos recuerdan a las hadas de los cuentos, muestra otra faceta del baile irlandés que se contrapone con la intensidad y fuerza del zapateo.

Tras el segmento de baile hubo un intervalo en el cual los espectadores tuvieron un tiempo más para recorrer los puestos de la feria, decorados a la manera de Halloween que vale aclarar es una festividad de origen irlandés en la cual se celebraba el final de temporada de cosechas que a su vez daba la bienvenida al año nuevo. En este traspaso, los límites entre nuestro mundo y el otro se diluían, dando vía libre a todo tipo de espíritus, buenos y malos.

Los encargados de poner cierre a esta auténtica noche celta, llena de música, baile y leyendas, fueron los muchachos de Fiesta Noz. A diferencia de los grupos anteriores, el quinteto no sólo se centró en la música propia de la región de Bretaña sino que hasta se animó a un viaje musical hacia Escandinavia, con mucho éxito en vista de los continuos aplausos del público. Con instrumentos muy variados como acordeón, derbake, cajón peruano, ukelele y gaita, dieron un concierto rico y versátil, que incluyó composiciones propias. Pensándolo bien, lo de rico y versátil bien podría extenderse a todo el festival. Y esto es mérito de los organizadores que supieron convocar a grupos con propuestas bien distintas a pesar de su denominador común celta.

Tras dos horas y media, otra fiesta celta llegaba a su fin. Y una vez más, la reacción era la misma: las sonrisas inundaban el Auditorio.


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