Patricio Ruiz: “Este torero es la figura del artista que busca contactarse con algo sincero y honesto y termina sangrando”

Patricio Ruiz: “Este torero es la figura del artista que busca contactarse con algo sincero y honesto y termina sangrando”

Hablamos con Patricio Ruiz sobre Dejarse herir, obra que escribió y protagoniza los domingos en Abasto Social Club, y que nos invita a sumergirnos en el mundo de los toreros y las corridas.  


Foto tomada de Facebook/Dejarse herir

 

Ámbar: Como el teatro, la práctica de los toreros tiene algo de ritual; la procesión de San Fermín, los tablados flamencos, la simbología, los cantos. ¿Qué es lo que rescatás y querés representar en esta obra?

 

Patricio Ruiz: Desde que empecé, para mí el teatro ha sido ese espacio donde el tiempo otro y editado me convocan a un ritual en el que espectador y actores convienen en la teatralidad; el hecho espectacular en el ahora donde sabemos que hay mentirosos profesionales delante nuestro y en el que si aquel ojo no nos estuviera viendo seríamos tal vez psicóticos hablando solos. Dentro de esto, oponiéndose a lo que descubro profano, en el teatro se produce una zona sagrada donde la metáfora y la acción convergen en esa pequeña guerra que uno presencia, a la que uno asiste, y está cargada de erotismo y ritualidad. En la tauromaquia y en el mundo flamenco encontré aquella imagen seductora, cargada de erotismo, conflicto y muerte como es la de un torero empalado, traicionado por el propio falo. En esa primera imagen encontré, como quien ve las hojas de la hortaliza saliendo de la tierra, una fuente rica en simbología y mundo. Frente a esto tenía un lenguaje específico que me creaba novela, la voz del personaje que me habla, que es muchas veces la génesis de mi improvisación escrita, y también la síntesis con aquello que me interesaba decir. Dejarse herir o ser un hombre de provecho. Cumplir con el deber o ser sencillamente como nos salga, como nos dé el deseo, amar y dejarse atravesar en perpendicular por ello o huir y evitar el dolor, ser hijos de la eterna dicotomía herencia de la conquista o lavarnos la madre patria que nos parió. El interés por ese mundo es de familia, toda gallega, que seguramente está más presente en la obra de lo que pareciera y que en si mismo encerraba metáfora, bailadoras que entretienen al ojo, vino que perfuma los sentidos, una linda vestimenta, buena música y la posibilidad de hablar del toreo sanguinario y tomar una postura crítica, hablar sobre el macho que sufre por ser macho y replantear si verdaderamente algunas cosas no deberían extinguirse. 

 

A: ¿Cuál es la figura del matador que buscás comunicar, del toreador que contraponés a lo establecido entre los defensores de las corridas de toros?

 

PR: Este torero es un hombre traicionado por su falo, por el cuerno. Lo han atravesado y se desangra. Es un hombre de provecho que reflexiona sobre su vida y el mandato paterno, sobre lo impuesto y como aquello lo desvió de su deseo. Es un ser patético, es un grotesco al que asistimos para ver la caída de la máscara y descubrir a un ser que se ha hecho por costumbre y no por subjetividad, que ha tenido mucho miedo como todo tipo duro que la anda de macho, porque no hay miedo que me conmueva e interpele más como el de alguien a quien se le rompió el elástico del antifaz en la fiesta. Este torero es la figura del artista que busca contactarse con algo sincero y honesto y termina sangrando, un hombre a repensar y un asesino que heredó una premisa en la que su amor se volvió espuma. 

 

A: ¿Cómo fue la inclusión de otras artes performáticas? ¿Cómo es la participación de la bailarina Ángeles Ruiz y el músico Federico Ochoa? ¿Qué efecto buscás generar con este cruce entre artes?

 

PR: El texto no incluye a nadie más que él y los que asisten a su pequeño confesionario en los vestuarios de la arena, si bien se mencionan que afuera hay corridas de San Fermín y las bailadoras asisten a verlo atravesado. Se enuncia “puede verse pasado, presente y futuro”. La inclusión de la danza y la música vinieron por el lado del montaje. En un comienzo canto y nos preguntamos ¿por qué no un músico que acompañe? Y, a su vez, la idea de la bailarina como lugar de complicidad y de relajo al ojo del espectador, como una especie de tensión y digresión placentera que crea nos permite que el dinamismo del torero desangrándose no caduque más allá de la búsqueda de distintos registros. Es un placer contar con ambas disciplinas que hacen crecer a la dramaturgia y no solo crean un vínculo particular con el espectador y en complicidad con el torero sino que además funcionan como salidas donde el hecho teatral se ve interpelado por la puesta en escena de su propia muerte donde se genera una especie de cuadro dentro de cuadro. Ángeles, que es mi hermana, tiene una técnica y habilidad para el flamenco que se ve retratada en el comienzo con ese orgasmo frente al cornetazo que representa en su baile y deja al espectador que ya entra comiendo y tomando en otro lugar. Federico es quien crea atmósferas con la habilidad que tienen los buenos músicos en ese lenguaje tan complejo y que hacen sentir sencillo. El cruce se vuelve por tanto enriquecedor. De pronto la banda sonora de todo es el taco de la bailarina. Luego, es Federico quien marca los tiempos y la imagen del torero. Y después la música suena y el torero canta y quien baila se vuelve espectadora. Hay algo de eso que nos conforta en saber que hay un poco de cada disciplina en pos de contar este cuento. 

 

A: La muerte es algo presente en el mundo de los toreros. Es el desafío del encuentro con algo inevitable, un encuentro que demuestra el valor de una persona.  ¿A qué se enfrenta el espectador cuando ve tu propuesta?

  

PR: Hay que ser valiente para pararse y hablar frente al público sabiendo que lo dicho es inmediatamente pasado y que el acto erótico se consume ahí para dar paso a la muerte. Como un actor que se enfrenta a la bestia para matar o morir, el torero y su figura es interpelada, no solo por la firme creencia de que lo que hace es bestial y espantoso, sino también porque involucra sexualidad, masculinidad engalanada con atuendos ajustados, una sucesión de formas, pasos y acciones físicas que se recrean en escena y que por momentos son gran atractivo, en donde pone el ojo el espectador, así como en los momentos de danza y luz tenue. El espectador concurre a “la muerte de un bicho condenado a la arena, por más deseos, por más sirenas”, concurren a ver a la bestia sufrir “¿no eres feliz vacuno? Pues la felicidad no está hecha ni pa’ los toros, ni pa’ los machos, que hay mucho de macho que se padece y hoy padecerás mi bravía”. Se enfrenta a la búsqueda de un hombre que se deje herir en plenitud, con “el rigor de la seda” y también va a ver a un actor enfrentándose a la bestia que es y a la bestia que es la mirada del otro. “Están aquellos artistas que actúan bello y están aquellos empecinados en actuar: yo estoy en el medio, nací para algo que cuesta y está empecinado en sangrar”.

 

 


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