El monstruo humanista: “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” de Kenzaburo Oé

El monstruo humanista: “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” de Kenzaburo Oé

Tiempos de locura, muerte y abandono. Es inminente la derrota de la milicia nipona. Mientras el pueblo empieza a rebelarse contra su propio Imperio, las estrictas leyes apuntan su descargo contra las generaciones futuras. La devastación del reformatorio por la potencia del enemigo obliga al traslado de sus niños a una perdida aldea de montaña. Aunque sus habitantes les temen y los menosprecian, como si de parásitos sociales se tratara, no tardarán en explotarlos en pos de sus propios intereses. El alcalde les encomienda arrancar la mala hierba del valle y con ello enterrar los cadáveres a fin de evitar lo que parece una inminente epidemia. Débiles, hambrientos, quejumbrosos y adoloridos, entre animales muertos, envueltos en una fría atmósfera de hedor, bajo el filoso control del herrero, siendo el disparador del bullicio de los niños del pueblo. Repentinamente, hacia la noche, los pueblerinos huyen abandonando al grupo, encerrándolo en el templo con el cadáver recién fallecido de uno de sus compañeros. Entre tanta desolación estos jóvenes, aún con sus falencias, irán descubriendo la liberación de la atávica represión del hombre. No obstante, la oportunidad de constituir una nueva vida social, cimentada a partir de la dignidad y el respeto comunal, no tardará en estallar, hasta que la eclosión devenga en lo que deja el vacío de una traición, soterrando así la esperanza en la incertidumbre de no saber qué es lo que dejará una última huida.

"Arrancad las semillas, fusilad a los niños" de Kenzaburo Oé

“Arrancad las semillas, fusilad a los niños” (Memushiri kouchi, 1958) integra la primera etapa de la obra literaria de Kenzaburo Oé, caracterizada por la denuncia del estado desesperante en que cayeron los jóvenes que han crecido con el dolor de la posguerra. La alegoría es el recurso que utiliza el Premio Nobel (1994) para contar semejante tragedia idílica, pero sin obviedades ni patetismos morales. Asimismo, el sesgo antropológico y la postura humanista -en su acepción más profunda- se vislumbran en el desarrollo de la trama, valiéndose de sus elementos para contarnos algo más que pura ficción. Desde el conflicto intergeneracional en la modernidad, pasando por la opresión del ejército nipón al pueblo coreano, hasta la complicidad civil en una locura bélica que desembocó en el desastre final por todos conocido.

La novela, publicada en español por Anagrama en 1999, es otra muestra de que la literatura de Kenzaburo fluye mejor en esos márgenes que suelen molestar, no sólo por haberse elidido del tipo de literatura canónica en su país trabajando desde «otro» lugar, sino sobre todo por su impronta de carácter ecuménico. Aquella que nos recuerda el precipicio en el que cada tanto nos despeñamos todos como especie. Pero sin acudir a nihilismos inconducentes ni al ahogo de sumergirse en la absoluta desesperanza.


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