Libertad limitada: “Literatura rusa” de Laura Estrin

Libertad limitada: “Literatura rusa” de Laura Estrin

Actualmente vivimos un momento particular en el país, donde cada vez nos vemos más rodeados por los gritos de lo colectivo y popular, la expulsión del extranjero y del “otro”, lo que debería recuperarse y lo que debería ser olvidado. Se avecina un recambio electoral en el horizonte y una acrecentada búsqueda de identidad nacional, cada día más notoria. En este contexto, Literatura rusa, un libro de Laura Estrin publicado el año pasado, rescata una literatura que a primera vista puede parecernos muy lejana.

 

Laura Estrin Literatura Rusa

 

Literatura rusa se compone de once ensayos acerca de distintos autores, pero sería un error pensar que solo se leerá acerca de los nombres que aparecen en la tapa. Como la misma literatura rusa, el libro es un cruce constante de épocas y genios que atravesaron y marcaron momentos diversos de su historia. No se puede hablar de Schklovski sin pensar en Tolstoi, y no se puede hablar de casi ningún autor ruso sin pensar en Pushkin. Más que una serie de períodos aislados, la historia aparece en la literatura rusa como un todo único, indivisible. En Literatura rusa un capítulo se entrama con otro, los nombres fluyen entre las páginas y surgen en citas, notas al pie, en comentarios biográficos, a veces de maneras inesperadas. Son mucho más que fotografías aisladas; emergen como una película entera.

Abordar la literatura rusa supone una dificultad, tal vez, mayor que la de muchos otros países. Si bien la crítica suele diferenciar entre la “edad de oro”, la “edad de plata”, la literatura revolucionaria, la literatura soviética y pos soviética, la escisión es mucho menos clara de lo que podría parecer cuando se diferencia por meros períodos históricos. Los escritores rusos se citan y se vuelven a citar, se dedican poemas, se escriben cartas, mencionan obras de sus contemporáneos, los retratan en sus historias. Pushkin, Gógol, Dostoievski, los grandes padres de la literatura rusa continúan apareciendo en las obras contemporáneas casi dos siglos después. Los autores rusos nunca están aislados, aunque el clima sociopolítico los ahorque.

Desde el nacimiento mismo de la literatura rusa como la conocemos hoy, en el siglo XIX, reina un concepto de vida y obra unido, consecuente, producto de la herencia romántica alemana. Los autores rusos siempre tuvieron que existir en esa posición comprometedora, la de decir la verdad, y de vivir la misma verdad que se dice. Ahí yace el carácter tan biográfico de sus obras, insoportablemente biográfico. Escribieron la realidad porque no podían hacer otra cosa. Ese entramado constante, el no-olvido de los escritores rusos, la conexión entre sus vidas y sus obras, están presentes en todos los capítulos del libro. Allí surge la vida de la autora, entramada también entre sus lecturas, en contra de todo anacronismo de épocas. Su vida también se atraviesa con las vidas de estos autores. “Autores que vienen del futuro”, decía Marina Tsvetaieva. Algo tan verdadero entonces como lo es hoy.

Muchos de los autores abordados por Laura Estrin, como el genial Schklovski, conocido mundialmente solo como el padre del formalismo, Dovlátov, pocas veces publicado en español, Platónov, que ingresó únicamente en el canon en los años 90’, fueron autores, como ella los describe, “insoportables”. Algunos fueron incluso judíos, dificultando aún más su posición en la Rusia cambiante, todavía discriminados por los restos del antisemitismo zarista y sus creencias subyugadas bajo las nuevas leyes antirreligiosas del partido. Muchas de sus obras continúan inéditas, muchas aún escondidas en los archivos de la difunta KGB.

En el momento en el que escribo esta nota, Francia se encuentra en plena cacería de brujas, días después de los atentados a la revista satírica Charlie Hebdo. Los debates acerca de la libertad de expresión atraviesan las redes sociales, e intelectuales de distintas partes del mundo aportan sus conclusiones. Sin embargo, no hay que mirar tan lejos para ver las limitaciones de la democracia y la supuesta “libertad de expresión” occidental. Los libros “incómodos” siguen y seguirán incomodando, tal vez, hasta que la memoria se desvanezca del todo. Los editores los continúan esquivando como si su verdad escondida les contagie y los vuelva incómodos a ellos mismos. Uno recorre esas páginas insoportables, geniales, y no puede entender por qué.

En un fragmento aplicable a cualquier gran literatura, Laura Estrin dice: “Lo que dicen estas obras: dicen lo que no se puede decir en otro lugar, lo que no se puede decir de otro modo, lo que es múltiple y simultáneo, capas y capas de sentido (…)”. Tal vez allí yace la respuesta a la pregunta que acosó y sigue acosando a los críticos, la literatureidad de la literatura. Aquello que descoloca, lo que vuelve a la literatura en un medio irreemplazable de historia y de realidad. Nuestro deber, tal vez, como lectores, es el de no dejar que esta literatura desaparezca. Literatura rusa, de Laura Estrin, es una oda hacia eso.