Cuentos crueles: “Tetractis” de Octavio Navarrete

Cuentos crueles: “Tetractis” de Octavio Navarrete

¿Existirá entre los jóvenes de Pernambuco la revancha clasista de colocar hojitas de afeitar en la rampa de los toboganes? ¿Podríamos imaginarnos una cabeza humana en el puchero de cada día de los pobres? ¿Y un picado con un gato como pelota? Así de crueles son los pasajes de Tetractis, libro que presentamos a continuación, seguido de una charla con su nobel autor. Y, de postre, la reversión de “El capitán del 2 de enero”, el primer trabajo publicado por Navarrete, quien todavía no estaba trabajando sobre relatos anclados en lo morboso pero que sí ya focalizaba en la desgracia accidental de la juventud.

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Imaginación vital

La Tetraktys (del griego Τετρακτύς) es una figura triangular de diez puntos en cuatro filas, cada una de las cuales presentan uno, dos, tres y cuatro puntos, y cuyo cuarto número triangular fue valorado por los pitagóricos como símbolo místico de la perfección. También Tetractis es el nombre que Octavio Navarrete eligió para titular a su libro publicado en 2012 bajo el sello editorial Dunken. Como se lee en el Prólogo, la elección de tal nombre es para “acertar fortuitamente en el centro de la gran cuestión, por la necesaria suma, como polígono de fuerzas que acusara lo perfecto, por invocar lo cósmico, ante la angustia existencial”. Mecenas de sí mismo, constituye una obra autogestionada (Navarrete se encargó también del diseño de tapa) integrada por diez historias que tienen como eje narrativo la falta de compasión humana. La vivencia personal fue un punto de partida para luego transformarse en ejercicio discursivo de la imaginación. El contexto en que se insertan los cuentos abarca las poco más de cuatro décadas del período 1972 – 2011.

El primer relato del libro, “Joel”, nos presenta a un joven patético, de “dificultades insalvables”, impedido de afrontar con dignidad la brutalidad del mundo, y cuyo giro final incrementa la tensión de la violencia del contexto en el que se desarrolla. “Vuelo nupcial”, ambientada en Pernambuco, narra la vida de la sensual adolescente Malú y su fiel amigo homosexual, ambos atados a la tragedia desencadenada por la pobreza y el turismo sexual en la región. “Nekrología de Chico Boquete” tiene al miserable y perverso Francisco Saad como protagonista, al que sólo la fantasía podrá refugiar del tremendo ajuste de cuentas de la banda de los Olivera. Un encuentro macabro es el disparador de “Empresarios con garra”, que nos traslada, mediante algunos sobreentendidos un poco regurgitados, en los vericuetos de un empresariado espurio y con ansias de obtener prebendas estatales a cualquier precio, en la endeble democracia de los ochenta. La monotonía del servicio de quejas de una compañía de telefonía celular de pronto se ve sacudida por la visita fantástica de un representante de hipermercados, hecho que alterará definitivamente la conducta de un empleado hastiado de su existencia, en el relato “Atención al público”. En “A vaso cerrado” un siniestro es consecuencia de la desconfianza de un hombre cada vez más solitario frente a un mundo también crecientemente distante. La desesperanza y la necesidad de una familia que subsiste entre basurales, en “Memento mori”, confieren a la antropofagia el carácter de recurso utilitario de los pobres. En “La entrega del peón”, el retorno al lugar de origen de un descendiente de vascos no termina con el entusiasmo inicialmente esperado. “Relativo tangencial” surca desde la vida fabril y el estado febril de Iker Astaburuaga hasta el fin de la utopía de su tío Ángel. Finalmente, en “Sueños de plomo”, a partir de la noticia que un anciano lee en la plaza sobre el Mundial de 2006 se evocará la historia de Lisandro, la que transcurre durante el Campeonato Mundial de la última dictadura cívico-militar argentina.

La lectura de Tetractis se experimenta ante todo como un ejercicio traumático, sobre todo por lo retorcido. Posee una libertad desaforada que, es cierto, a veces queda presa de la erudición, pero sin dejar de aprovechar bien la violencia testimonial e imaginativa de la escritura en tanto catarsis. Se trata de la maniobra de un escritor en formación que asumió el riesgo de los gestos inconclusos y de una voz propia que zigzaguea entre la reflexión, el sarcasmo, el pastiche y la anécdota larga. Eso sí, mínimos detalles en sus formas (que se remediarían con una casa editorial comprometida con el proceso) deberían tenerse en cuenta para un título ulterior. Dejando de lado eso, Tetractis es una elección correcta, likeable, dignísima de ganarse el pulgar arriba. Y si bien no todas las historias tienen la misma crudeza, los estómagos flojos deberían abstenerse de caer en este microuniverso de voluntades descarnadas e imágenes fuertes, truculentas y sádicas, donde el más mínimo rasgo de humanismo queda hecho añicos ante la brutalidad de la existencia.

El maldito va en tren…

Navarrete es descendiente de vascos. Nació en Santiago de Chile y ha pasado su vida entre el país trasandino, el Brasil y la Argentina. Trabajó en astilleros y fue jefe de obra en Atucha II. Ingeniero de formación, actualmente ejerce la docencia y pronto espera la ansiada jubilación para dedicarse a tiempo completo a su doble pasión, la lectura y la escritura. Además le gusta pintar, hablar de literatura, ver jugar a San Lorenzo y, cuando puede, hacerse un tiempo para defenestrar a las ratas de la educación. Es admirador de la irreverencia pictórica de Bacon, de la prosa sinuosa de Faulkner y de la sabiduría de los clásicos y matemáticos. Vive en Florencio Varela y le place visitar la Ciudad. Tanto en narrativa como en poesía ha ganado premios y ha sido mención de honor a nivel local. En la siguiente entrevista, más claves de este nuevo universo literario de Navarrete que marcha a todo tren, sin prisa pero sin pausa.

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Ámbar: Si bien en el Prólogo bien lo explicás, amplianos por qué elegiste el título Tetractis.

Octavio Navarrete: El título es un elemento pitagórico que habla de la perfección. Tetractis es símbolo de lo perfecto para los pitagóricos y yo lo que quise expresar es que quizá lo perfecto sea estructural y no un elemento unitario, sino que el conjunto de varios elementos logren una estructura que signifiquen la perfección. El sustento filosófico que tiene eso viene de Parménides con la unicidad y pluralidad del Universo, que se puede considerar como todo uno y que al igual que una manzana se puede dividir en tantos pedazos, en infinitas partes que van a seguir siendo uno. Y el tetractis es una figura de diez partes que era la idea que tenían los griegos de la perfección.

Ámbar: Quienes te conocen saben que el humor es un factor muy importante de tu personalidad, pero en los cuentos de Tetractis este aparece eclipsado por la crueldad.

ON: A lo largo de mi vida fui aprendiendo que el humor de uno no es el humor del otro; es decir, cuando uno quiere ser gracioso muchas veces no lo logra, en lugar de encontrar un rostro sonriente en el otro uno encuentra un gesto adusto porque no comprendió la parte humorística o no descubrió la veta irónica de lo que uno quiso decir. Lo cual es bastante grave porque se entra en una especie de confrontación de interpretaciones. Pero bueno, el humor que a mí me gusta es el más encriptado, el más duro, el más cínico. El humor casi de velatorio, diría, es el que más me place. Y, por ejemplo, en “Nekrología de Chico Boquete” aparece ese tipo de humor, que casi no aparece pero está, pero no aparece porque todo lo que sucede es absolutamente dramático. Pero hay cosas que son tan dramáticas que solamente se pueden contar con cierta dosis de humor, porque si no se hacen insoportables. El Chico a los 5 años es violentado brutalmente en la playa, se lo obliga a una práctica sexual oral cuando ni siquiera tenía edad de raciocinio. Eso evidentemente es un trauma que le queda para toda la vida, que lo obliga a transformarse en un violador en cierto momento. O sea que uno juega con esa angustia porque uno mismo también se angustia con ese humor. Es decir, la sublimación del humor en algunos casos es la angustia. No es que sea un salvaje ni un sádico ni un perverso.

Ámbar: ¿Cuál es la génesis del libro?

ON: Todo aquel que escribe le gusta ser leído. Entonces cierto día me plantee la posibilidad de editar un librito, después estaba la parte administrativa de cuántas páginas, qué tapa, qué historia, qué editorial, etc. De esas diez historias no iba a ir “Relativo tangencial” sino otro trabajito, “El capitán del 2 de enero”, pero lo tuve que reemplazar por una cuestión de espacio. Bueno, en ese orden de cosas yo disponía de unas cuarenta historias, más o menos, y de esos cuentos lo que hice fue elegir los diez más fuertes, los que tuvieran más impacto, que tengan la idea de lo brutal y la muerte, o truculento o que tuvieran un nudo que llegara hasta la muerte. También los elegí porque en los diez hay jóvenes y no sé porqué puntualizo en los 19 años, que no sé por qué para mí es la edad en que cualquier ser humano es apto para cualquier cosa, cualquier empresa guiado por adultos. El adulto siempre está escondido, entre bambalinas, y lo manda al frente como carne de cañón al joven. Entonces siguiendo un hilo conductor el libro tiene el eje del sacrificio de los jóvenes impulsado muchas veces por adultos que están escondidos.

Ámbar: ¿Sentís que tenés ciertos ecos de la literatura de Borges en la mezcla de conjugar ficción y reflexión y de Faulkner en su estilo enrevesado?

ON: Siento admiración particular por muchos escritores, obviamente, por esos dos siento particular admiración, tanto por Faulkner como por Borges. Ahora, cuando yo escribo no pienso en ninguno de los dos, lo que me sale es mío en realidad, no es que trato de parecerme a uno o a otro ni a ninguno. En realidad, yo me mando solo y lo que se parezca se parece porque sí, por casualidad. En ningún momento me plantee acercarme a ellos ni por imitación ni siquiera por referencia. Lo que salió salió y es mío, sea bueno, sea malo, pero es propio, me gusta escribir así, no porque haya querido referenciarlos. También me gustan Kafka, Hesse, Tolstoi o Dovstoievsky

Ámbar: ¿Cómo empezaste a escribir?

ON: Nunca hubiera escrito si no fuera porque me pasó algo grave. El 2 de enero de 2004, al lado de mi casa, explotó un depósito de pirotecnia, que nos arruinó la casa y quedó destruida a la mitad y estábamos dentro los cuatro miembros de mi familia. A raíz de esto surgen una serie de marchas y contramarchas y de actos y de posturas que implicaron la presencia de diarios y de medios. Y en uno de estos medios escritos me enteré de que había un concurso literario. Entonces, bueno, me dije tengo que redactar algo de esa vivencia, y así fue que redacté mi primer escrito a los 50 años. Antes de eso no había escrito nada de mediano o largo alcance. Entonces, a esa edad escribí “El capitán del 2 de enero”, que luego un diario lo publicó, y es un relato de uno de los pibes que murieron. Porque murieron cinco personas en esa explosión. Ese pibe se llamaba Luis Alberto Quinteros, igual que el padre y es un poco el relato de su último día de vida. Y a partir de ahí volví a escribir otros relatos, y así otro y otro. Y de Tetractis el primer relato que escribí es “A vaso cerrado”.

Ámbar: ¿Y cómo es tu experiencia como lector?

ON: Eso es de lo que más me gusta hablar. Si algo he aprendido de mi experiencia como escritor, mal o bien (más mal que bien) es porque he leído mucho. En ese sentido la lectura es buena. Pero hay tanto para leer que es muy importante el tipo de lectura que componga una persona. Es decir, hay tanto para leer que si a uno lo guía una persona y le dice qué es lo más conveniente o lo mejor o lo que supuestamente es conveniente eso sería bárbaro. En ese sentido, mi viejo me orientó bastante bien hacia la lectura que quizá podía llegar a ser más importante. Tolstoi, Dostoievsky, Víctor Hugo, las fábulas de Jean de la Fontaine, Kafka. Y después fui haciendo mi propio camino de lectura. Pero en definitiva creo que lo que me sirvió para escribir es eso.

Ámbar: ¿Qué expectativas tenés con tu libro y cuáles son tus proyectos literarios?

ON: El proyecto que me había entusiasmado es una trilogía, con lo cual Tetractis es sólo la primera parte, después vendría Amnesis y Lisis. El primero de estos dos tiene que ver con historias que hablan sobre la memoria, el ejercicio de la memoria, cosas que han quedado en la mente cuando uno es chico y se construye en este presente en que confluyen todos los efectos del pasado. Y en la tercera parte, Lisis, son algunos relatos que son historia de amistades, paseos con amigos, cafés con amigos, dos o tres amigos en determinados eventos. Cerrando una trilogía que busque un poquito “ablandar” lo que es Tetractis, que es un poco fuerte y perverso. Los otros libros irían más a lo sensible, a lo familiar, a la parte noble y sensible de uno. Pero también quisiera escribir algo duro sobre la educación. Como profesor de educación pública me gustaría pegarle con un caño al sistema educativo.

La yapa

Con mucha amabilidad Navarrete nos brindó su primer cuento “El capitán del 2 de enero”, escrito en 2004 cuando Octavio tenía ya medio siglo de vida, en que la tragedia real se hizo relato conmemorativo. A principios de enero de aquel año se produjo un estallido en un depósito de pirotecnia ilegal del B° Km 26 de Florencio Varela. Fallecieron cuatro personas, entre ellas Luis Alberto Quinteros de 19 años.

Explosion deposito pirotecnia Km 26

Explosion deposito pirotecnia Km 26

El capitán del 2 de enero

“…Pueden ofrecerme un barco. Pero si dentro de él no viene mi hijo, no lo quiero…”.

Luis Alberto Quinteros padre El barrio Luján y el Km. 26 resultan alternos externos si tomamos a las vías paralelas del tren y como transversal al arroyo Las Piedras. Hace algún tiempo, los paredones recortados, los yuyos y los charcos hubieran servido para evocar a Homero Manzi o Celedonio Flores, y los rumores de la llanura, desparramados por el Pampero en el campo gris, serían ocupación de los transeúntes si hubieran caminado mirando hacia las vías.

La vertiginosa sucesión de cambios permite hoy valorar el paso inexorable del tiempo y los consecuentes enriquecimientos y degradaciones. Las casas se fueron arrimando al arroyo de a poco y el cambio de siglo se encontró con una población.

En la anteúltima noche de esta historia el pibe Luis, como los demás, presenció el disparate de volcanes absurdos, estrellas fugaces y efectos multicolores que flotaron en el espacio, como efímera ilusión, en todas direcciones, mientras escapaban todos los perros y todos los gatos. El día siguiente puede despreciarse por intranscendente, hasta que llegó aquel 2 de enero que terminaría a las cinco de la tarde.

¡Mamá, no sabés cuánto te quiero! Salió aquel día como otros, sin presagios que lo alertaran, rumbo a su nuevo laburo frente a la estación Dante Ardigo, y si hubiera vuelto por la tarde saltando la transversal que alterna los barrios cercanos, habría mirado hacia arriba, pudiendo imaginar la inconcebible fragüa de Vulcano, con sus resplandores sin estruendo, en la panorámica pantalla gigante del cielo; otra vez ese eclipse total del planeta, con sus tonos increíbles de rojo, en un efecto cromático hasta el rosa que suele contornear a las nubes altas del poniente.

Sin embargo, sólo puede relatarse su camino de ida, que comenzó con la descripción minuciosa del suelo en las zapatillas gastadas, y luego en los primeros olores de la basura y con el sol nublando la vista. En el oído un silbato de tren, que partiría del Km. 26 rumbo a Temperley. Mientras viajaba observaba paradas en todas las estaciones intermedias; en la curvita del zanjón seguro se fijó en la cancha del Club Social y Deportivo “El Ciclón” y en los pibes que jugaban un picado en el potrero mitad de tierra, mitad de barro. Después pasaría otro tren, el que iría a Florencio Varela, imponiendo su trepidar al paso de sus cinco vagones, con pasajeros sin boleto y ventanas rotas seguro a cascotazos.

¡A este le toca furgón al fondo!, apostaron los cartoneros del Km para apearse con sus carros a la formación, y debajo Luis observando hipnotizado, imaginando vendedores, nenes ofreciendo estampitas, laburantes adormecidos, piqueteros y pregoneros, tipos con uniforme entre bicicletas…

Volvería a la realidad al oír alguna puteada desde el furgón. Al llegar al puente escuchó el último grito de gol de “El ciclón” y encontró algún perro comido por la sarna escarbando inmundicias al costado del camino, y finalmente subió al terraplén y se despidió sin saberlo del barrio, echando una mirada hacia atrás.

Se escapó sin que pudieran pararlo por el andarivel izquierdo, pateó con firmeza un tetra vacío definiendo de tres dedos contra la segunda columna galvanizada de la derecha y la basura repartida en bolsas de polietileno era el público de las tribunas, a estadio lleno, en distribución uniforme por los cuatro costados hasta el horizonte. De allí doscientos metros para soñar despierto, para reanudar su monólogo interior y entrar en la cuarta dimensión del sueño, con desfile de novias rubias o morochas, de cabellos largos o trenzas y un manojo de esperanzas confundidos con recurrentes deseos insensatos o ilusiones imprecisas. Saltó durmientes de dos en dos y despertó, por fin, al tener enfrente a la derecha la blanca y aguda aguja vertical de la “Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días”, señalando la Villa Argentina, y luego de un viraje a la izquierda, la visión inconfundible de las verticales obscuras de unos cipreses gemelos, dominando al Km 26, en la calle Martín Fierro.

Al bajar del terraplén le llegaron las primeras notas de cumbia arrastradas por el viento (algo de eso había escuchado en el depósito de “El rey de las Ofertas”, como que a las palabras se las lleva el viento) el día que estuvo un inspector.

Llegó saludando, fingiendo respeto. El preludio del silencio y el aire raro duró tres horas después de las dos de la tarde y nadie atinó a percibir lo que flotaba en el ambiente, hasta que alguien decidió que se levantaran las cortinas y fuera ejecutado el argumento dramático de la vida y de la muerte, propuesto por un idiota lleno de sonido y de furia.

Ya no hubo tiempo para tener miedo y el pibe sintió abrumados sus cinco sentidos en un éxtasis supremo, su cuerpo atravesado en un instante infinitesimal por un calor que era de luz y un reflejo atronador de fuego. Vio tonos increíbles del rojo y un defecto cromático hasta la densa oscuridad.

En algún lugar debía haber ya bomberos, vestidos para la ocasión. Y entonces, entre escombros faraónicos y columnas de espeso humo negro, Luis alcanzó a divisar la Escalinata Dorada. En un arcoiris de cuatro elementos flotaba la Superestructura de Cristal, y no lo pensó ni una vez, para asumir la dualidad del cuerpo y del alma subió y subió, engañando a todos. Continuaron las imponentes explosiones y los mil fulgores.

No profeso la ilusión de la fe, pero me consta que semanas después, en febrero, volvía el otro Luis Alberto, el padre, desde el Km 26 hacia el Barrio Luján, en sentido opuesto al que siguió su hijo la tarde infausta, por el mismo camino de paralelas de acero, progresando, subiendo y subiendo por la escalera horizontal. Hasta alzar la vista desde las vías, al poniente, hasta divisar un remolino inextricable de algodones grises, blancos y negros, cortados por las espadas incandescentes de Febo. Se dibujó la enorme Popa Dorada y un brutal impulso de su timón (o el golpe de ariete de una ráfaga de viento) mostró la banda de estribor del velero de cristal y oro, entre las formas redondas, gobernado por un solo tripulante, un Capitán adolescente que inclinando su cuerpo en el puente, dejaba caer una botella con un mensaje dentro, al profundo mar revuelto de nubes y fuego. Debajo, el barrio yacía tranquilo y quieto. Un último remolino elevó cortinas de espuma con olas como montañas, por encima del franco bordo, y el palo mayor de la nave desapareció, entre grifos y serpientes que se agitaban con frenesí. Luis Quinteros siguió su camino, bajó el terraplén, superó el puente y el Club deportivo, llegó a las calles familiares hasta su casa de obrero; encontró a su esposa con una expresión apacible y una sonrisa que hacía tiempo no le veía. El no quiso contarle el avistaje del Capitán Luis Alberto del cielo, y ella se guardó en el corazón aquel ¡mamá te quiero! que acababa de oír con la inconfundible voz de su hijo, desde su cuarto, como si fuera un mensaje depositado por el persistente Pampero.