Stranger things, la vida en el otro lado [spoiler alert]

Stranger things, la vida en el otro lado [spoiler alert]

Stranger things, la vida en el otro lado [spoiler alert]

El 15 de julio Netflix lanzó Stranger Things, serie de ciencia ficción ambientada en la década de 1980 que homenajea las producciones cinematográficas y literarias de la década del ’70 y del ’80, no sólo pertenecientes al mismo género sino también las identificadas con otros. Las referencias a Stephen King, John Carpenter, Steven Spielberg abundan y la música de época contribuye a crear el ambiente de hace treinta años atrás. En menos de dos semanas se transformó en un suceso mundial. Las críticas oscilaron entre algunos pocos que veían a la serie como un mero collage de materiales y tramas ochentosos y una gran mayoría que encontró un producto original de ciencia ficción que explota al máximo la nostalgia ochentosa de forma efectiva y prolijaMariaLuciaSantagata_StrangerThings_01
La serie, efectivamente, no es una repetición aburrida de lo ya hecho. Recupera la estética, la musicalización y la fotografía de la década del ochenta pero construye una trama notable a través del buen uso del suspenso y de personajes (y actores) a la altura de las circunstancias. Y esa trama, lejos de ser plana, abunda en pliegues y niveles que vale la pena explorar, spoiler alert mediante.

Biopoder telekinético

Eleven es uno de los personajes centrales –quizás el central- de Stranger Things. Es una niña con poderes sobrenaturales que vivió sus once años de vida no-socializada como rata experimental de una organización gubernamental y que logra rebelarse y escapar. Eleven es una niña cuya imagen corporal es adecuada a las necesidades experimentales en las que está inmersa. La vida de Eleven es la de un ser sujeto a la más monstruosa disciplina anatomopolítica del cuerpo humano, citando a Foucault y sus formas de biopoder. Éste disciplinamiento buscará transformar al cuerpo en máquina, a través de “su adiestramiento, el aumento de sus aptitudes, la extorsión de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y su docilidad, su integración en sistemas de control eficaces y económicos” [Foucault 2014:131]. En contracara al mundo afectivo de Will –el niño cuya desparición ordena la trama de esta primera temporada- donde el amor es contención y comunidad, lo afectivo para Eleven es una figura que ella reconoce como padre y al que quiere como tal; un personaje que la excluye de cualquier tipo de sociabilización con el mundo y la empuja –manipulación emocional mediante- a transformarse en una super-niña, poniendo en riesgo su existencia y la de otros. Un poco como Shinji, de Evangelion.
Cuando ella logra rebelarse –gradualmente- y huir es cuando las ataduras del disciplinamiento comienzan a romperse. Puede explorar su subjetividad estética, puede conocer aspectos sociales hasta ahora desconocidos por ella (la amistad, la promesa: todos ellos conceptos bilaterales y comprometidos) y puede cuestionar la relación con su padre: pasa de decirle “papi” a decirle, en su reencuentro con él, “malo”. De esta forma redefine su noción de cariño e invierte la utilidad de sus poderes y su adiestramiento para ponerle fin a sus captores.
El universo social y los lazos afectivo-comunitarios que establece Eleven en su breve estadía en el mundo “exterior” son los que evitan que ella caiga de vuelta en la red de adiestramiento que la crió pero en simultáneo son las fuerzas que adquirió en dicho disciplinamiento psicofísico las que colaboran con las búsquedas de los personajes desaparecidos y con la aniquilación del monstruo que acecha el pueblo.

La ausencia

En Hawkings de repente la gente comienza a desaparecer. Sin dejar rastros más que un pedazo de tela, unas gotas de sangre: la gente se esfuma. A partir de ahí quedan sus seres queridos (familia, amigos) buscando a quien desapareció en el mundo común mientras que, en simultáneo, se empieza a dibujar el reverso, ese otro ladothe upside down, un espacio que imita al real pero de forma sombria y amenazante- donde el desaparecido habita.
Hay, además, un monstruo que no sólo es quien produce las desapariciones, sino el que también amenaza los dos lados: puede matar al cautivo de su dimensión, atacar a quienes lo buscan y en definitiva, llevar a un final abrupto y mortal esa búsqueda.
Will Byers y Barbara son dos de los personajes –los más importantes- que desaparecen y que nos insertan en el otro lado y en sus formas de subsistencia, sumamente diferentes.

Barbara es buscada por su amiga Nancy, pero su desaparición es desestimada por su familia y por la policía, que caratula el suceso como “huída del hogar”. Barbara, en el otro lado, se hunde en la desesperación sin lograr establecer un contacto afectivo con el mundo real y sin hallar un lugar seguro en el mundo sombrío donde está prisionera. Es atacada e infectada por el monstruo que la mata. Will, en cambio, es buscado por todo el pueblo, por sus amigos, por su familia. Se refugia en el reflejo de su lugar seguro del mundo real: un fuerte de madera donde sólo los amigos son bienvenidos, con su peluche preferido, con los dibujos de hechiceros y guerreros que ha hecho representando los juegos con sus amigos. Repite casi como mantra las canciones que escuchaba con su hermano, establece un código de luces para hacer contacto con su madre.

En Will y en Barbara tenemos encarnadas dos formas tipificadas de la vida privada de la libertad, que si retomamos a Agamben, son las formas de vida que adquirían los prisioneros de los campos de concentración nazis (pero que se pueden extender a humanos privados de su libertad en general). Mientras que algunos aún esperaban recuperar la identidad y la libertad también existían los que no. Los “musulmanes”. En los campos de concentración nazis, se llamaba con ese nombre a quienes habían abandonado toda esperanza. El musulmán –o muslim– es el que “ha abdicado del margen irrenunciable de libertad y ha perdido en consecuencia cualquier resto de vida afectiva o de humanidad” (Agamben 2000:58). El musulmán era una momia, un zombie, la marca de eso que habita entre la vida y la muerte, entre el hombre y el no-hombre. Pero ¿por qué musulmán? Es posible que se trate del significado literal de la palabra árabe muslim, que quiere decir “el que se somete incondicionalmente a la voluntad de Dios” (Agamben 2000:45) aunque el musulmán de Auschwitz no parece tener restos de consciencia acerca de nada, ni siquiera de Dios. En esa definición de muslim podemos ubicar a Barbara que ve cortados todos sus lazos con el mundo real –cuando es abducida acababa de discutir con Nancy, su amiga- y pierde la esperanza al no poder ver una chance de salir de su cautiverio. Will, en relación al concepto de musulmán, lo rechaza. Su deseo de supervivencia es más fuerte; mantiene la esperanza de escapar y se arma de recursos para subsistir, sobre todo de apego emotivo.
Pilar Calveiro, en Poder y desaparición considera que un elemento que ayudó a muchos desaparecidos durante la última dictadura argentina a sobrevivir fue su convicción religiosa:

“probablemente porque lo religioso pertenece a un universo al que no llega al poder concetracionario, porque constituye una instancia de apelación superior a ese poder que se pretende absoluto” (Calveiro 1998:107).

En el caso de Will, un niño de 11 años e hijo de un padre ausente, el depósito de su fe está en su madre, en sus amigos, en su hermano: en sus afectos. El universo afectivo es lo que el monstruo no puede tocar, pues como monstruo engendro, híbrido antropomorfizado de lo desconocido, es algo que desconoce. Y el amor no es una forma inusual de representar lo seguro: podemos pensar en Harry Potter, otro niño que es protegido por el amor de su madre contra el mal encarnado por Lord Voldemort, su amenaza de muerte (Rowling, 2001).
Sin embargo la estadía en el otro lado no es gratuita: a pesar de que Will logra sobrevivir, vomitará -en secreto, sobre el final de la serie- secuelas de ese cautiverio, como otros deben lidiar con cicatrices, con recuerdos atormentantes.
La serie no sólo reproduce los modos de supervivencia y de abandono de los humanos privados de libertad sino que también recorre el mismo camino respecto a quienes buscan al ausente. Las familias, los amigos, no tienen un cuerpo que velar y cuando lo tienen se descubre falso. No tienen noción de la vida ni de la muerte de su ser querido que para ellos, entonces, habita en un limbo –ese otro lado- y sostienen la esperanza de encontrarlo en simultáneo a la convivencia con la desesperación de no saber y la perpetua sensación de alucinación: todasMariaLuciaSantagata_StrangerThings_02 son señales de la vida del ausente pero también pueden ser reacciones al dolor de la muerte.
En Stranger Things las formas de sociablización y los lazos comunitarios son tan poderosos como los monstruos sobrenaturales que amenazan las vidas. Es un producto de ciencia ficción que no sólo explora y cita los materiales de su género, sino que incorpora formas de experiencias apegadas ya no al terror sobrenatural, sino al real: al de la falta de libertad.

 

 

Bibliografía:

  • Agamben, Giorgo. “El musulmán” en Lo que queda de Auschwitz. Valencia. Pre-textos. 2000.
  • Calveiro, Pilar. Poder y desaparición. Buenos Aires. Colihue. 1998
  • Foucault, Michel. Historia de la sexualidad. Buenos Aires. Siglo XXI. 2015
  • Rowling, J. K., Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Barcelona. Salamandra. 2001