El vértigo de no ser

El vértigo de no ser

En el 2015 la directora y dramaturga Mariela Asensio presentó en el CELCIT Nadie quiere ser nadie (Historias de la clase media): una obra verborrágica, un espejo furioso de aquello que nos atraviesa, la incómoda clase media, a la que, a cualquier costo, es preciso pertenecer.

Obra de teatro

Impacta el título, revelador de un deseo que no puede dejar de disparar un interrogante, que a través de monólogos incansables, frenéticos, apabulladores, y siempre dirigidos como una flecha hacia el espectador, se despliega sin respiro durante unos sesenta minutos: ¿qué es ser alguien?, o mejor, ¿qué es no ser nadie?

Ocho personajes intentarán dar respuesta: ¿Vivir en un country? ¿Trabajar sin dormir para llegar a ser jefe? ¿Tener un plasma en cada habitación de la casa? ¿Tener mil títulos y perfeccionamientos? ¿Acatar órdenes como autómatas y máquinas? ¿Ser una actriz exitosa? En síntesis, tener, tener, y tener, más, más, y más, y claro…para así, finalmente, poder VOLAR. Sí, volar: un verbo tan singular que se deja ver en la obra como un estado a alcanzar a través de la anulación misma de los deseos profundos, de la singularidad propia, en esa carrera vertiginosa hacia el éxito.

Así, caerán todos en el anonimato. Los personajes no serán más que padre, madre, hija, extranjero, aspirante a actriz, psicóloga, guardia. Solo una de ese colectivo de ocho personajes, que dialogarán muy pocas veces, tendrá un nombre, será alguien: Maricruz.

Maricruz no es la mucama, trabaja de mucama, Maricruz no pierde su singularidad; no ambiciona el desaforado crecimiento material, se conforma con sus tesoros (sobras de la familia para la que trabaja). Ella, entonces, podrá volar lejos de los imperativos capitalistas; volará inocente, casi frágil, suave, a través de su imaginación al interpretar junto al guardia “Un mundo ideal”, de la película Aladín. A lo largo de la obra, diferentes canciones, como “Si yo fuera rico” de El violinista en el tejado, romperán con el frenesí de los monólogos, despertando, por su carácter absurdo, risas entre los espectadores, risas que intentarán escapar de aquella cara inversa del “vuelo” capitalista: el espacio de la frustración, la obsesión por la vida de los otros -siempre exitosa y expuesta en las redes sociales-, el aburrimiento, la resignación, y el vacío existencial. Cabe destacar, además, el sutil y excelente trabajo de los actores.

Mariela Asensio construye un universo cercano, cotidiano, pero siempre con una voracidad, velocidad, y furia, que pone al espectador en jaque, incómodo, tal vez, porque el reflejo es demasiado real.