Agua para Alejandra

Agua para Alejandra

“La muerte está lejana.

No me mira. ¡Tanta vida, Señor! ¿Para qué tanta vida?”

Noche – Alejandra Pizarnik

 

Angustia, aburrimiento, muerte. El aburrimiento que araña las preguntas sin respuesta. La angustia con su murmullo y su vacío. La muerte, hilo conductor y meta.


 

En “Agua para Alejandra” la autora (Florencia Berthold) construye con sus cuatro personajes en escena el diálogo constante de una mujer desdoblada. Cuatro personajes que no son más que las facetas de uno sólo y que unicamente pueden hablar de las obsesiones que atraviesan a ese ser único desde el lugar que les tocó en ese desdoblamiento.

El problema que se plantea en esta obra no es otro que el de la vida plagada de angustia: la angustia de no poder definirse, la angustia de no poder completarse, de no hallar amor, la angustia del aburrimiento, la angustia de crecer, de ya no ser niña ni tener un rumbo claro.

¿Y qué es la angustia más que la sed de algo? ¿Cuál será el agua que satisfaga a Alejandra? Aparece así la obsesión con la muerte como única salida aparente, la respuesta con la que puede satisfacerse cada uno de los interrogantes. Y con ella la tensión entre los personajes, entre las partes de una misma Alejandra –Florencia Berthold, Lucila Németh, Nicolás Deppetre, Clara Murgia- partida en cuatro que no termina de decidirse entre morir o continuar con su vida.

La poesía y la neurosis, la inutilidad de la escritura, la represión sexual, la proyección del otro, la niñez eterna definen a estos personajes y los enfrentan con sus otros yo. El diálogo es interrumpido muchas veces por el monólogo y el monólogo acompañado por lo gestual y lo corporal de quien no tiene la palabra. Entre la burla humorística y la agresión mutua aflorarán los momentos de comprensión, de reencuentro, en los que el ser vuelve a ser uno.

Sobre el mismo eje de lo desdoblado y del espejo se sostiene la escenografía: todos los cuartos se presentan como baños repetidos y de blanco hospitalario, que desembocan en un salón común repleto de puertas, único espacio que habilitará el encuentro entre personajes. La representación de la mente torturada como baños idénticos y separados pero con la posibilidad –aún- de escaparse de ellos a un lugar neutral que reúne lo escindido. La significación de estos pulcros baños estará completa cuando los personajes, en un rapto de lucidez, comprenden que aquel recinto (o aquellos) desde donde se cuestionan a sí mismos y se pelean con la propia esquizofrenia no son más que los baños compartidos de un neuropsiquiátrico.

El espacio escénico encuentra un magistral giro desde la propuesta de Berthold que explota las capacidades del Teatro el Grito a fondo. Planos diversos, escaleras, contraposiciones de escenas y situaciones que captan al espectador en esta multiplicidad de sentidos y de personalidades. En el mismo espacio escénico se deconstruye y reconstruye desde la poética. Arriba, abajo, el patio convertido en escena abierto, pero cerrado en esa angustia envolvente.

Si desde los baños los personajes se hunden en las obsesiones propias de su faceta sin hallar respuesta, el salón al que desembocan es el que permite que el diálogo pase a ser más que un grito ciego, y se transforme en un encuentro que mute la ansiedad verbal en abrazo. Y es lo lúdico y la música lo que habilita los reencuentros: volver a dibujar una rayuela, bailar coordinadamente, usar la máquina de escribir como instrumento y juguete, hacer sonar un bandoneón pequeño, todo esto construye momentos de comunión, tan alegres como frágiles, pues pronto se ven amenazados de vuelta por la consciencia de la angustia.

Las luces resultan un importante complemento: la atenuación matiza aquellos instantes en que la energía y la ansiedad se apaciguan. Asimismo, la iluminación realza instantes de monólogo al que enuncia el discurso, sin dejar en la oscuridad total a quien acompaña con el lenguaje corporal aquello que se dice. Y la luz repentinamente plena, que destroza al negro absoluto, coincidirá con la reunión entre todos los personajes.

Son las luces también las que colaborarán con el suspenso que va en aumento a medida que corren los minutos. La muerte acecha y las únicas defensas son la esperanza; hallar un camino con la poesía, la vuelta a la infancia. Los momentos en que los personajes pueden aceptarse como uno sólo en paz parecen inclinar la balanza hacia la vida, pero pronto invade de nuevo el instinto suicida en cuanto lo efímero de esa aceptación se hace evidente.

Y cuando ni la escritura, ni la vuelta a la infancia parecen ser alivio ya, con los papeles desperdigados en escena y una Alejandra desesperada (Agustina Montiel) y neurótica dando vueltas en círculo con un triciclo, ésta decide abismarse a la muerte. No importa que sus otros yo intenten retenerla, argumentando que se desea vivir. No.

Durante toda la obra se hace referencia a la sed que tiene Alejandra –desde un pedido claro de agua hasta una broma en la que se ofrece una taza que promete contener líquido pero solo contiene papel picado- pero la única salida válida parece ser solo posible a través del suicidio. Escapar por una de las puertas de aquella habitación común, irse para siempre de sí. Porque, tras un discurrir de música, poesía, gritos, burlas –incluso risas- y juegos, era la muerte la única que podía saciar la sed persistente. Era el agua para Alejandra.

 

Ficha técnico artística

Autoría:Florencia Berthold

 

Actúan:Nicolás Deppetre, Agustina Montiel, Clara Murgia, Lucila Németh

Vestuario:Ezequiel Galeano

Maquillaje:Luciana Cruz Font Diseño de luces: Juan Fernández Gebauer

Música: Ivan Espeche

 

Fotografía: Maren Henke

Utilero: Ezequiel Galeano

Diseño gráfico:Maren Henke

Asistencia de dirección:Maren Henke

 

Puesta en escena:Florencia Berthold Dirección:Florencia Berthold

 

EL GRITO Costa Rica 5459 (mapa) Capital Federal – Buenos Aires – Argentina

Reservas: 15.4989.2620

Web: http://www.facebook.com/pages/teatro-taller-el-grito/218203304870538

 

Viernes – 21:30 hs http://www.facebook.com/aguaparaalejandra 

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