¿Me escuchás? Parpadeá.

¿Me escuchás? Parpadeá.

Mariano Ferreyra, dirigente de la Federación Universitaria de Buenos Aires y militante del partido obrero, es la inspiración de esta obra. O mejor dicho, un joven con valores, luchador, es el motivo de esta obra. Parpadeá si me escuchás de Ivan Moschner y Luciana Morcillo recupera este caso aún deja cabos sueltos para reflexionar sobre los jóvenes y la militancia de hoy.

No es necesario ser militante para que esta obra nos llegue al corazón. Tampoco es necesario saber de política para entender lo que significa parpadear. Parpadear si escuchas. Si aquello que viene de afuera entra a nuestro interior y podemos entender y hacer un mínimo gesto para comunicarnos.

Mariano muere el 20 de octubre de 2010 en una manifestación de trabajadores tercerizados donde se exigía el pase a la planta permanente en la Línea Roca, Recibió un disparo en el pecho producto de la represión. Probablemente “Parpadeá si me escuchás”, haya sido la frase que le dijo un compañero, para saber que se mantenía junto a el, y la última frase que Mariano oyó.

En el mundo real, Mariano muere por defender valores y personas. Un joven muere por una represión brutal en un gobierno democrático.

En el mundo teatral, Mariano vuelve a nosotros.

Y lo descubrimos, como descubrimos la militancia que llevaba ese 20 de octubre, cuando la noticia de su muerte apareció en todos los medios.

Vuelve a nosotros, como fantasma, de aquello que fue y no volverá a ser, de aquello que no conocemos y no dejamos que crezca.

Descubrimos su pasión por lo teatral, por las representaciones, por la política.

En este mundo real, todo esta conectado, todo es un tejido que debemos armar y desarmar, para entender, para cruzar, para conectarnos con el otro.

El fantasma de Mariano, cae en una casa ajena, donde se conjuga el absurdo y pequeños atisbos de lo real.

Acaso precisemos un chamán, un guía holistico para volver a traer tantos jóvenes perdidos, en luchas, en dictaduras, en accidentes, en represiones sin sentido.

Sentados en el teatro, descubrimos que Mariano, era actor y director de su propio destino y su lucha era su meta. Nosotros, somos espectadores de la vida. Y su propia muerte, nos aguijonea en el pecho, pensando en cuantos jóvenes militan hoy y un deseo de protegerlos a todos, indistintamente de su partido, nos envuelve.

Sintonías que se sienten. Más allá de toda militancia.

La electricidad es un elemento fundamental en esta puesta. La iluminación acorde para esta obra que juega con lo lúdico para hablar de algo catastrófico. Electricidad que se potencia, va y viene, la luz de Mariano, la presencia.

La luz que ilumina lo último que sus ojos verán.

La luz permanente, que ilumina a quienes quedamos parpadeando…

Trajes teatrales, lentejuelas, vestuarios atípicos y no tanto, que envuelven a los actores en esa mezcla surrealista donde un fantasma nos visita. Como si fuera cierto, que vuelve, que algo lo mantiene en la tierra. Una misión. Una lucha.

La muerte es lo más fácil.

Adherirse a un partido, oponerse a un partido, es fácil. Lo difícil es la independencia. Y sobre todo la independencia de pensamiento.

Acaso pensaron que matando un pibe, sería fácil ocultar las injusticias. Acaso pensaron que matando a 30.000 personas, sería fácil acallar los pensamientos.

El olvido está en que no muere una idea con la desaparición física. La permanencia de aquello que fue y no volverá a ser queda en nosotros, nos da herramientas para pensar y actuar.

De repente, en la obra, el canto militante y las voces de la asamblea, nos erizan la piel. El cuerpo esta implicado. Tan implicado como la sangre de un amigo, de un joven vecino de nuestro barrio, de un compañero de colegio, tan implicado como el hijo de una amiga, como nuestros hijos, como nuestro primo.

Tan implicado.

Tan complicado.

Que no se puede matar de un tiro, un hijo.

Que no se puede parpadear, si no escuchamos.

Una obra necesaria para que un pueblo que insiste en matar a sus jóvenes empiece a parpadear.

Reestrena el 8 de marzo en Pasaje Arteson, 17 hs.


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