“Campo abierto”: Una ruta, muchas rutas

“Campo abierto”: Una ruta, muchas rutas

            Campo Abierto es una ruta nueva que nos propone Florencia Berthold, ambientándonos en la inmensidad de la noche con simpleza, llevándonos a alta velocidad por la travesía desconocida de la interioridad.
Para entrar a la sala nos deben guiar, pues no hay luces encendidas dentro de ella. Delante de cada espectador, una persona con su linterna nos indicará el camino hacia las butacas y se alejará para repetir la tarea hasta que todos los concurrentes se encuentren listos para la obra. Cuando esa luz se aleja, la oscuridad es absoluta. Sólo somos conscientes de nuestro cuerpo sentado, a la expectativa de lo que pueda llegar a suceder. Luego de unos minutos de suspenso, se encienden algunas luces. Pero ellas no provienen de las luminarias de la sala, sino de un auto. Ese auto es la única –y poco común- escenografía. Dentro de él vemos a tres jóvenes: dos muchachos adelante, moviendo las cabezas al ritmo del heavy metal que al encenderse las luces comenzó a sonar. Uno maneja, el otro, mira a través de la ventanilla, atrás, una chica se revuelve inquieta en visiones del más allá, sólidos en sus papeles. Renata (Lucila Nemeth), Tonio (Guillermo Berthold) y Rodrigo (Martín Lavini) son tres amigos que emprenden una travesía que se plantea desde un inicio como un viaje de reencuentro hacia un destino sorpresa. 
        
  • Será –efectivamente- un destino sorprendente al que arribarán, a pesar de que nunca nos enteraremos del verdadero final del recorrido. Los personajes encontrarán en el trayecto respuestas a los interrogantes que los aquejan, las piezas que necesitaban para dar un paso adelante en su vida.

Lo  que Florencia Berthold nos presenta  en “Campo abierto” bien podría ser pariente de alguna road-movie: los personajes, a través de la  ruta nocturna, realizan un aprendizaje en paralelo con su viaje, no sólo recorren un trayecto en el espacio sino también en su interioridad. Renata se presenta como una chica con dotes de medium, con la capacidad de ver en el mundo otros mundos y ver en la vida a los que ya no están en ella. Rodrigo, como un escritor, que a pesar de haber publicado ya alguna que otra obra, no se encuentra conforme con su producción, convencido de que no dio todo de sí. Tonio, por último, aunque alegre y expresivo, no transparenta mucho de su intimidad. El primer conflicto en la obra lo suscita el estado de nerviosismo en el que Renata se encuentra: siente la presencia de “un muerto” que quiere comunicarse con ella y que requiere algo de Rodrigo y dice que en su frente puede sentir apareciéndosele el número cuarenta y ocho. Este número no es casual, ya que si nos remitimos a los números que la quiniela atribuye a los sueños, el cuarenta y ocho corresponde al “muerto que habla”. El elemento de los muertos parlantes y de los sueños será central en la obra y es introducido de manera sutil, como adelanto, con este guiño. Ante la desesperación de Renata, sus amigos le responden con incredulidad y sólo luego de una serie de infortunios posteriores, esa incredulidad virará violentamente.

La obra  abarca lo cotidiano y lo fantástico, el humor y terror, el ridículo y la tensión. Los juegos de luces, siempre provenientes del auto, colaboran con crear los distintos ambientes, asimismo como constante ruidos de grillos y sapos, típicos de la nocturnidad campestre.

            Mediante la aparición de una presencia que ellos parecen no ver, se producirá un viraje hacia lo fantástico, que será asimismo el primer vestigio de que lo que siente Renata puede no estar tan equivocado. Nosotros, los espectadores, presos de nuestro lugar, no podemos ver lo que ellos no ven. Mientras tanto, entre los tres amigos las tensiones múltiples se hacen presentes, acentuadas  siempre por la personalidad de cada uno, por lo atormentado de Renata, lo frustrado de Rodrigo, lo –sospechosamente- despreocupado y eufórico de Tonio y sobre todo, por el universo de lo no-dicho que detrás de cada uno persiste: los secretos que darán lugar a celos y a interrogantes que por momentos nos harán dudar sobre el futuro de su amistad.
            Sin embargo, la presencia ignorada  que los acompaña se corporizará en una mujer (Julia Amore) que se les cruzará en el medio del camino, obligándolos a frenar ante un inminente peligro mortal. El auto, ante este accidente, sufre un desperfecto y no pueden volverlo a arrancar. Ahora están en medio del campo abierto con una mujer malherida. Pero ¿quién es esta mujer que los se les pone en frente? ¿de dónde sale? ¿es una suicida? ¿fue un accidente?. Los tres amigos no logran saber mucho de ella: sus respuestas son evasivas, su hablar parece fluctuar entre el delirio y la consciencia. Recuerdan las visiones de Renata y aparece entonces la duda mayor ¿está viva esta mujer?, ¿está muerta? ¿Qué necesita de ellos?
            Al indagar en la vida –o la no vida- de la mujer, los personajes también indagan en sí mismos. La mujer, con violencia a veces y con dulzura otras,  los sitúa de frente al miedo y a la ausencia que habitan en el interior de cada uno, lo que les falta para poder sentirse completos. Cuando la mujer finalmente huye,termina la noche y el auto logra arrancar, la situación de los amigos es otra, en lo indefinido entre el sueño y lo real quedan dibujadas las peripecias de la noche pasada y ya no hay rastros de la tensión y del miedo, hay un aire de certezas y respuestas que ellos parecen respirar.
Nunca supimos a dónde iban los amigos realmente, en la obra nunca se revela pero nadie lo cuestiona, porque en el camino encontraron la ruta hacia lo que los desvela: amor, la vocación, la liberación de los nudos que detenían su progreso, la superación de los miedos. 
Se alcanzó otro destino, más profundo e íntimo. Si la noche y la ruta funcionan en “Campo abierto” como metáfora para el camino de la realización personal, quizás se pueda citar a Patricio Rey y los Redonditos de Ricota  para resumir la obra en una sola línea: “cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”