Conversaciones con Diego Gravinese

Conversaciones con Diego Gravinese

Conversaciones con Diego Gravinese

La entrevista con Diego Gravinese surge en el marco de la investigación sobre arte y artistas contemporáneos del país, realizada como parte de la cátedra de Rosa Faccaro y Nicolás Frank en la especialización MYTPP de la UNA. 1er cuatrimestre del 2016.

El interés en la obra del artistas, nace en primera instancia por la observación del impecable manejo de la técnica, la simbología que usa y el adentramiento en el mundo hiperrealista de la pintura, como camino para desarrollar sus propias problemáticas. Sin embargo, a medida que la entrevista se desarrollaba entramos un confort ameno de una charla muy fluida, que nos llevó por caminos muy distintos a los esperados.

Diego evoca a la exaltación de las fuerzas de la creación y permite con su obra, visualizar el camino del despertar de la conciencia, de conexión con el Universo y la sensibilidad de lo que está expansión.

No es cuestión del azar que el artista aborde dichos temas, pero tampoco es una provocación pretenciosa adentrase en los mundos que pertenecen a la orden de lo espiritual. Es el simple hecho de que el artista tuvo y tiene estrecha relación con plantas maestras, que le abrieron las puertas a otras percepciones.

Al año 2016, Diego Gravinese logra la renovación de sus significados, reinventándose nuevamente luego de haberse visto encaminado a una estandarización del artista contemporáneo. El invita a jugar el juego de la vida con más amor misterio y compasión. Así como también disfrutar más de este viaje que llamamos existencia.




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  • ¿En qué momento de tu vida empiezas a hacer arte?

Mis primeros recuerdos vívidos son de cuando tenía unos 3 años, y recuerdo estar tirado en el piso dibujando. Siempre pinté y dibujé. Aunque fui a talleres de pintura desde muy chico, y en la adolescencia tenía mi taller propio y todo, no fue hasta los 19 años que conocí a Ana Eckell, mi maestra, ahi me dí cuenta que quería dedicarme solamente a esto por el resto de mi vida. En un sentido formal fue ahí que empecé a hacer arte, pero en verdad es algo que hice siempre.

  • ¿Dónde estudiaste y hace cuanto tiempo vienes realizando este trabajo?

Aparte de los talleres a los que fui de chico, incluido el de Aurelio Macchi a mis 17, después del secundario entre en la IUNA (Prlidiano Pueyrredón) en la que dos veces seguidas traté de cursar el año preparatorio, pero las dos veces me aburrí y dejé a mediados de año. La segunda vez, tuve de compañero a Lean Erlich que ya estaba haciendo sus primeras muestras, el me presentó a Ana Eckell, y ella fue mi verdadera maestra. Estuve alrededor de un año yendo a su taller, y ya luego seguí por mi cuenta, mi primera muestra fue el día que cumplía 20 años, en 1991, en el Espacio Giesso , de San Telmo.

  • ¿En qué momento de tu carrera optas por hacer hiperrealismo?
    ¿ Hacías algo distinto antes de dedicarte al hiperrealismo? ¿Usas métodos de proyección para hacer tus obras o las haces directamente?

Siempre tuve una habilidad innata para reproducir lo que veía, y de chico tenía el impulso de imitar dibujos y fotos que de alguna manera ya existían antes. Aún en mis primeras pinturas de los 90s, que eran mucho más expresionistas y armadas como collages, ese lado se filtraba en algunas escenas fotográficas, primero con el descubrimiento del episcopio (para proyectar opacos) y después con el uso del proyector. Eventualmente esas partes más fotográficas, que aparecían junto a abstracciones, chorreaduras y partes a mano alzada, fueron cobrando cada vez más espacio e importancia en mis telas, hasta que por el 2008 decidí darles toda la prioridad, para ver qué pasaba. Ahí hice mis primeras pinturas completamente basadas en fotos. Y especialmente en una única foto por tela. Eso es lo más parecido al hiperrealismo que haya hecho, pero no me considero un artista hiperrealista. El hiperrealismo fue un movimiento que conceptualmente tuvo su lugar en los 70s, como respuesta al expresionismo abstracto. La idea era demostrar que todo podía ser arte, incluida una reproducción de una foto con tal nivel de precisión que era difícil de distinguir de la foto original. Mis pinturas no tienen ese nivel de acabado, porque no es lo que me interesa. Uso las fotos como un color más, como una forma de composición. De la misma manera que otros usan sus anotadores para bocetar o tomar apuntes, yo usé siempre la cámara y distintos tipos de proyector (primero episcopio, luego el proyector de diapos y ahora uno de video). Hay toda una tradición en la pintura occidental, desde el renacimiento, del uso de cámaras oscuras, daguerrotipos y otros medios mecánicos para trasladar el dibujo a la tela. Nunca le dí mayor importancia al aspecto técnico. Fue, de alguna manera algo no deliberado, se fue dando gradualmente y en estos últimos años le sumé el photoshop para editar las imágenes antes de pasarlas a la tela.

En un sentido soy fotógrafo también, solo que lo uso como base para pintar en lugar de concentrarme en la fotografía en sí y en el proceso completo de presentarla como obra. Al menos por ahora. En mis nuevas pinturas la foto empieza a diluírse nuevamente, algo que sabía que tarde o temprano iba a pasar. Ya no sigo interesado en la reproducción fiel de una imagen -supuestamente- real tal cual como sale de la cámara, fue una investigación y aprendí mucho. Pero ahora estoy en el proceso de integrarlo a un mundo menos visible y más bien inefable, ese de las visiones internas, o como quieras llamarlas. El lado más mágico de la existencia, quizá. Hace poco  en una revista hablando de algunas pinturas recientes,  llamaban a mi estilo Neosurreliasmo. Creo que es más acertado.

  • ¿ Como explicarías tu proceso creativo? ¿Las personas que retratas existen? Y ¿Qué relación tienen éstas contigo?

Para responder a fondo esta pregunta tendría que contarles cómo es mi vida, porque de alguna manera mis procesos creativos y mi vida van juntos. Pinto porque me es dado pintar, es la manera en la que mejor me comunico con el mundo, entonces mi mente está constantemente pensando en imágenes, es como un lenguaje sin palabras que me atraviesa todo el tiempo. Tomo fotos todo el tiempo, colecciono imágenes y armo archivos, que de alguna manera responden a distintas categorías y en mi mente cada una tiene su lugar. Luego, claro, al decidir pasarlo a la tela, hay todo un proceso de decantación y filtrado. A veces largo y extenuante, a veces instantáneo (me pasó alguna vez tomar una foto y decir en el momento: este es el cuadro y así fue) Ese proceso, hasta no hace mucho fue bastante azaroso, algo caótico. Al principio, allá por los 90s, pintaba a mi familia, porque lo que tenía a mano eran las diapos familiares, junto con una multitud de imágenes de enciclopedias, libros y revistas. Mis pinturas eran un intento de describir el mundo como yo lo veía, (mi primer muestra se llamó Mi Primer Sopena, que era un diccionario para niños de mi infancia) Luego empecé a hacer mis propias fotos y ahí comenzaron a parecer mis amigos, mi mundo más inmediato. Creía que un snapshot sacado  accidentalmente era la manera más genuina de imagen, la polaroid, sin retoque, sin pose. Hablaba de cierta fragilidad del momento presente, y había hasta casi una angustia en necesitar pasarlo a la tela, y darle así una entidad más duradera. Pero el proceso en sí seguía siendo caótico, y algo desorganizado.

En estos últimos años todo se volvió más como un juego, con sus propias reglas. En el camino conocí un ser divino, que es mi amor y la protagonista casi excluyente de mis pinturas de los últimos años. Con ella entramos en estados elevados de juego, que son como happenings privados, no los hacemos con ninguna razón en particular, pero sí con la seriedad de los niños al jugar. Siempre involucran alguna forma de registro, foto o video, y de ahí surgen imágenes maravillosas. Y el impulso de pasarlas a la tela tiene que ver con la fe que tengo en el poder transformador del arte. Es mi manera de hablar con el resto del planeta. Siempre sentí que desde lo más individual un artista podía hablar de lo más universal. Que algún puente une las experiencias de todos. Por eso, aunque muchas de las imágenes que pinto parecen referirse de algún modo a mi mundo privado, nunca las vi, ni las veo así al momento de decidir transformarlas en obras para el mundo. No hablan de mí, siempre creo que bajan de algún lugar que pertenecen a algo colectivo, o al menos espero puedan conectar por ahí. No siempre sucede, claro, pero una vez cada tanto pasa algo así con una pintura y es una maravilla.

  • ¿En base a qué eliges de tus materiales y con que técnica te sientes más cómodo?

Acrílicos, óleos y tela, los materiales tradicionales de la historia de la pintura. Los amo, aunque probé otras técnicas, cada vez me gustan más. Y sigo aprendiendo a usarlos, es un proceso para siempre, creo.

  • ¿Qué te lleva a elegir mujeres para ser representadas? – ¿Hay alguna relación entre el hecho de elegir mujeres y el contexto que las rodea?

Si el hombre -el ser humano- es el microcosmos y el Universo es el macrocosmos, la mujer es la encarnación más fascinante de la existencia. Siempre sentí eso, el universo femenino siempre me intrigó, quizá porque crecí rodeado de mujeres, quizá porque la energía masculina, en contraste, siempre me pareció aniñada y de corto alcance, o quizá porque siempre percibí que nuestra cultura humillaba y maltrataba a la mujer, tratando de reducir a una muñeca bonita y manejable toda esta magia que es la energía femenina.  La mujer encarna el misterio y la maravilla de la existencia, más que el hombre, y en un sentido profundo. Ella es la que puede engendrar vida, representa el lado oscuro y fértil, el útero, el lugar del que todos venimos.

Para mí la mujer es magia, y el mundo, relegándola, adolece esta falta de magia, de amor y de delicadeza. No por nada hay toda una tradición de representación de la mujer, especialmente del cuerpo femenino, en la historia del arte. Aunque se trate de reducir eso a una mera explotación voyeurística, una mirada completamente sexualizada, los artistas siempre supieron ver más allá. El que no ve más allá está atado a los dictámenes de la cultura y sus represiones.

Somos una cultura bruta y violenta, excesivamente machista, y creo que es necesario abrazar lo femenino, integrarlo, suavizar esta locura en la que nos sumergimos. Mi pintura exalta ese lado, y la mujer, con sus curvas suaves y sus formas blandas evoca el lado receptivo y abierto, el poder creativo y transformador del que me gusta hablar en mi obra.

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  • ¿En que momento de tu producción artística empiezan a aparecer temas relacionados con el universo en tu obra? ¿ Sientes que ha habido un cambio en tu producción artística desde que empezaste a usar temas relacionados con el universo?

El Universo para mí, hasta hace unos años, era meramente el espacio astronómico. Si bien siempre me fascinó como tal, y hasta llegué a pintar alguna imagen de nebulosa en el 2001 o un astronauta en 2010, no lo veía más que como esa expansión increíble más allá de nuestra atmósfera. Pero en estos últimos años cobró toda otra dimensión, otro significado. Aparecieron en mi vida las plantas de poder (Ayahuasca y hongos psilocibios, especialmente) y eso operó en mí un cambio radical en la manera de entender el universo y la existencia en general. Ya no me siento separado del Cosmos, como un alien que vino de no sé dónde a parar al medio de esta locura. Ahora siento que el universo es la extensión del “yo”. Lo que llamamos “adentro” y “afuera” son un continuo en realidad, y el espacio es la mente. Todo, de alguna manera, acontece en realidad ‘dentro’ nuestro. Y en ese sentido el Cosmos pasa a ser un símbolo del Todo, una imagen de todo lo que es y puede ser. Mi encuentro con las plantas se dio hacia fines del 2012, y el Cosmos como parte de la obra fue cobrando cada vez más importancia desde entonces.

  • ¿Hay representación metafísica en tus obras?

Hay algo de eso, sí, en la medida que es parte de mis intereses casi constantes. Directa o indirectamente lo viene habiendo hace unos años, pero creo que en la última pintura que estoy haciendo (Nébula)  en la que esto se hizo más manifiesto.

¿Cómo hablar de lo inefable? La poesía -y la pintura es una forma de poesía- es nuestro intento de decir lo que es indecible. Mi idea es hacer lo mismo en pintura: usar las palabras que conocemos para hablar de lo que no conocemos.

Al mismo tiempo, como soy consciente de que la pintura es pintura ante todo y no un mero medio, trato de dejar que la pintura diga lo suyo y hable de lo que quiera también.  Que haga su música.

  • ¿Qué expresan los símbolos que utilizas?

Goethe dice al final de su Fausto: “Todo lo transitorio es solamente un símbolo”, y en ese sentido todo está hablando de otra cosa. Y el punto siempre es: qué es esa otra cosa? Pero si te referís específicamente a símbolos como la Flor de La Vida ,el Árbol de la Vida, o el Vector Equilibrium, que aparecieron en algunas de mis pinturas, ellos son parte de lo que se llama generalmente geometría sagrada. Son representaciones gráficas de ideas universales, como la creación y nuestro lugar en ella. Creo que hay una trama abstracta e invisible detrás del mundo manifiesto, y estos símbolos son nuestra manera de visualizar ese entramado. El Árbol de la Vida, por ejemplo en un símbolo ancestral que aparece en casi todas las tradiciones, el que yo usé es el de la Kabbalah Judía (la rama esotérica del judaísmo) que expresa las emanaciones divinas desde el Cielo -la potencialidad absoluta- hasta la materia, el mundo sólido y tridimensional en el que nos movemos, con sus connotaciones negativas. Aunque también tiene un relato paralelo y psicológico interno: desde lo más elevado y divino a lo más profundo de nuestro inconsciente, el inframundo que llamamos infierno no es más que la parte reprimida y oscura de nuestra psiquis. La finalidad de los símbolos es hacer conscientes estos aspectos, e idealmente, integrarlos.

  • ¿Qué opinas sobre el hecho de abrir puertas a otros planos y conocimientos?

Creo que la finalidad de todo lo que hacemos los humanos es la iluminación. El llegar a despertar a la realidad de quién, o mejor dicho qué, somos. El camino que se elija para ello es absolutamente personal, ya sea meditación, plantas de poder e incluso psicodélicos como el DMT. En verdad la gran mayoría prefiere no tomar ningún camino, y está bien, llegado el momento a todos se nos revelará quiénes somos. Algunos lo entienden sin hacer ninguna clase ejercicio en particular, estas cosas se pueden dilucidar con el simple uso de la razón. Ahora, mirar del otro lado del espejo puede ser peligroso: en occidente no estamos preparados culturalmente para hacerlo y para lidiar con las visiones que se revelan. El peligro es volverse un poco loco, muchos se creen cualquier cosa y usan ese conocimiento para armar quilombo, porque de golpe ven que todo lo que creyeron era una ficción y quieren sacudir el mundo alrededor que tanto dolor les había causado,  ahora que ven que solo era un mundo ilusorio. Pero no se dan cuenta que ése es el juego realmente. Que todo esto no es más que un increíble juego cósmico, con sus reglas, con sus maravillas pero también con sus dolores. Por otro lado, es verdad que el mundo está enfermo de alienación, y para muchos es un camino a la sanidad.

Personalmente creo está buenísimo salir de la mente y explorar esos planos, con el método que sea, pero que la finalidad es volver y jugar este juego con más amor y compasión. Así como también disfrutar más de este viaje que llamamos existencia. Cualquier otro aprendizaje es secundario.

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