Un juego que recién empieza

Un juego que recién empieza

“(…) cualquier obra de arte, aunque no se entregue materialmente incompleta, exige una respuesta libre e inventiva, si no por otra razón, sí por la de que no puede ser realmente comprendida si el intérprete no la reinventa en un acto de congenialidad con el autor mismo”.

Obra Abierta, Umberto Eco

 

 

El Espacio Contemporáneo de Fundación PROA, coordinado por Santiago Bengolea, se invade de un nuevo proyecto artístico en homenaje al centenario del nacimiento de Julio Cortázar. Final del Juego es la propuesta curatorial de Laeticia Mello que involucra el encuentro de tres obras site-especific realizadas por Alexandra Kehayoglou, Luciana Rondolini y Guillermo E. Rodríguez.

 

 

El segundo piso de la Fundación es intervenido recurrentemente por instalaciones artísticas que conviven con la cafetería de la institución, y hasta invaden los individuales que recibe cada comensal en su mesa. Esta conjunción de territorios opera como un escenario preexistente que los artistas deben contemplar y respetar a la hora de proyectar sus obras.

 

 

La primer impresión del recinto no permite escapar a la omnipresencia de la obra de Alexandra Kehayoglou, que nos interpela de forma inmediata, asomándose al pie de la escalera de acceso. Esta enorme y sinuosa obra textil remite a los pastizales de la pampa bonaerense, y crea un gran contraste sensorial.A su vez, esta alfombra opera como nexo y sendero hacia las otras dos obras. Una de ellas, colgada en el muro del espacio interior, se forma a partir de un conjunto de espejos, elemento clave para pensar en la dualidad realidad-ficción. Luciana Rondolini bordea estos espejos con arabescos de curvas y contracurvas, que, a la distancia, simulan un distinguido y costoso marco de finas molduras. Sin embargo, desde una mirada cercana, se evidencia su fabricación a partir de una manga repostera cargada con materiales de construcción. Por último, la obra de Guillermo E. Rodríguez se erige en el espacio exterior, utilizando como soporte la extensa baranda del balcón de la Fundación. La misma remite a un cianómetro, instrumento para medir el tono azul del cielo, utilizado por Alexander Von Humboldt en sus exploraciones por América. Este elemento de mediación a gran escala invita al espectador/comensal a hacer uso de él desde su mesa.

 

 

En una breve y cálida charla, la curadora nos cuenta los principales lineamientos del proyecto:

 

¿Cómo surge el proyecto Final del juego?

 

Laeticia Mello: El proyecto surge a partir de retomar la figura de Julio Cortázar, particularmente en este año que se cumple el centenario su nacimiento. El homenaje, en nuestro caso, no llega exclusivamente desde lo literario, sino desde las Artes Visuales, y desde el Arte Contemporáneo en particular. Partimos de un cuento, que se llama Continuidad de los parques, que está comprendido en un libro que se llama Final del Juego, editado por primera vez en 1964. A su vez, esta publicación es contemporánea a un texto de Umberto Eco, que se llama Obra Abierta. En el mismo año, ambos textos estaban planteando, de algún modo, el mismo concepto. Este sería que el espectador, a partir de la lectura o el involucramiento con la obra, es quien termina de completar la pieza. Me interesa puntualmente la idea de los mapas diseminados en la escritura Cortázar, los cuales permiten que uno como espectador pueda elegir hacia dónde ir. El texto más icónico de esto es Rayuela, que tiene distintos capítulos y que vos como espectador podés saltar de un capítulo a otro y llegar a un final posible entre muchos otros. Pero me interesaba específicamente Continuidad de los parques porque el nombre de la obra ya está planteando esta noción de lo ininterrumpido y lo simultáneo, donde Cortázar llama “parques” a cada una de las realidades que se presentan en el cuento. Podemos distinguir el parque de nuestra realidad como lector, el parque del lector protagonista del cuento, y, a su vez, el parque de estos dos amantes que forman parte de la novela que lee el personaje. Por otro lado, me interesa la propuesta de la obra literaria que nos ubica como una especie de cómplices de un crimen, en el que nosotros vamos tomando responsabilidad a medida que lo vamos terminando de leer. Está presente ese juego con la ingenuidad del lector, que en un momento dado, cuando va llegando hacia el final del párrafo, se va dando cuenta que es partícipe de algo, aunque no podés parar de leerlo. Pero en ningún momento se explicita lo que sucede, sino que es algo que se puede inferir a partir de las marcas del autor a lo largo de la obra.

 

¿Por qué elegiste a estos artistas para llevar a cabo el proyecto?

 

LM: En principio, soy admiradora de los tres, ¡típico del curador! (Risas). Con Alexandra y Luciana ya había trabajado en otras muestras. Con Guillermo no, pero lo venía siguiendo porque me interesaba el modo en que concebía el espacio escultórico, así que fue una buena excusa para entablar un vínculo con él. Por otro lado, dentro de las especificaciones del proyecto que pautaba PROA, se aclaraba que debían ser obras site-especific, y tenían que ser artistas que posean la versatilidad para emplazar una obra en el Espacio Contemporáneo de la Fundación. Además, me pareció que estos tres artistas eran un buen complemento visual, a nivel de paleta de colores, a nivel compositivo y a nivel lenguaje. Tenemos por un lado lo textil, por otro lo escultórico, y por último, lo plástico.

 

¿Cómo se llevó a cabo el trabajo con los artistas?

 

LM: Cada uno de ellos debía leer el cuento y, a partir de sus lenguajes, crear una obra que reflexionara o que partiera de uno de los conceptos planteados en el cuento particular, o en la obra del autor en general.

¿En qué medida los encuentros y charlas con los artistas alteraron o enriquecieron el proyecto original?

 

LM: El proyecto se fue completando mucho con la mirada de los artistas, porque, si bien yo sabía el modo en el que cada uno producía o trabajaba su obra, soy curadora, no artista, entonces hay cosas que se me escapan. Por ejemplo, yo pensé un sendero original que recorra toda la cafetería, que son casi 50 metros, y cuando hablamos del tema con Alexandra, me decía que no íbamos a llegar con los tiempos, o me aconsejaba otros modos de trabajo más convenientes. En ese sentido nos fuimos ajustando mucho.

 

Entonces fue un ajuste más ligado a lo técnico que a lo conceptual.

 

LM: Sí, desde lo conceptual fuimos bastante en simultáneo con los artistas, funcionó bien, fue muy dinámico el proceso.

 

Dado que el Espacio lleva el nombre de Contemporáneo, ¿Qué rasgos de lo contemporáneo creés que están presentes en esta propuesta?

 

LM: Creo que lo principal es la idea de la obra abierta, que quizá no es tan contemporáneo, porque, como hablábamos, es un concepto que surge en los años ´60, pero considero que es un tema que se retoma permanentemente. La noción de que el espectador es quien completa la obra, que participa activamente de ella, además de algo casi performático que se desarrolla en este espacio, porque hay un tránsito constante de gente que interactúa con las obras. Por otro lado, también puede pensarse en lo interdisciplinario como un concepto contemporáneo, en la mixtura de la literatura y las artes visuales en este caso.